Diversidad en acción
El compromiso con la diversidad es un imperativo de toda organización pero, más allá de la retórica y las buenas intenciones, ¿cómo pueden los colegios garantizar una aceptación real y una acogida positiva de la diferencia? El IB desea investigar todo tipo de cuestiones relacionadas con la diversidad en todas sus formas y por ello, en este número, incluimos para empezar un riguroso y crítico repaso a la diversidad educativa de la mano de Lani Guinier, una autoridad mundialmente reconocida en derechos civiles y sistemas de evaluación de los estudiantes.
Nos guste o no, la desigualdad está muy arraigada en los colegios, motivo por el cual en la página 20 examinamos los compromisos que el IB ha establecido con los gobiernos de cuatro países para facilitar el acceso a sus programas a tantos alumnos de colegios públicos como sea posible. Y en la página 14 nos trasladamos a Atlanta (EE. UU.) para ver cómo Bill Moon y su infatigable equipo docente han conseguido transmitir la filosofía del IB a un grupo de alumnos que muchos ya habían dado por perdido para la educación. El éxito de su proyecto nos demuestra que la clave de la diversidad no reside en la inclusión, sino en algo tan sencillo como la preocupación por los demás.
Juego justo
Lani Guinier quiere que todos los colegios reflexionen sobre cómo tratan a sus alumnos.
La etiqueta de “rebelde” no es algo que preocupe a la catedrática Lani Guinier. No en vano, su infancia discurrió en una zona de clase trabajadora de la ciudad de Nueva York, donde su familia era la única de raza negra, lo que despertó en ella la pasión por la defensa de los más desfavorecidos, un afán que la ha llevado a convertirse en una de las abogadas más destacadas de Norteamérica en materia de derechos civiles. Desde entonces ha vertido sus críticas contra las instituciones que considera desfasadas y elitistas, y sus posturas sobre la diversidad en el ámbito escolar han tenido eco entre profesores de todo el mundo.
En Estados Unidos, fue noticia de actualidad en 1993 al ser propuesta por el presidente Bill Clinton para el cargo de responsable de derechos civiles del Ministerio de Justicia, una candidatura que desató las iras de los republicanos y que debió retirar a causa de esta oposición.
Puede presumir de ser la primera catedrática negra de la Facultad de Derecho de Harvard, una de las más prestigiosas del mundo. Además, ha impartido clases en más de 100 instituciones y es autora de seis libros. Se ha mostrado siempre muy crítica de la falta de diversidad en la educación y en su próximo libro, Meritocracy Inc., ataca las pruebas que se realizan en los colegios, puesto que a su juicio han convertido la posibilidad de ir a la universidad en un “regalo de los pobres a los ricos”.
El afán de Lani Guinier por combatir la injusticia tiene sus raíces en la infancia. A su padre le negaron el ingreso para estudiar en Harvard a causa de su color, aunque terminó por presidir el departamento de estudios afroamericanos de dicha universidad. Y tuvo que enfrentarse a la desigualdad desde muy pronto, al participar en un concurso de sombreros organizado por las Brownies [grupo de exploradores] cuando tenía ocho años: “La ganadora fue la hija de una sombrerera profesional, que le hizo el sombrero, un secreto a voces entre las demás participantes. Pensé que violaba las normas, y decidí dejar las Brownies”.
¿Cómo puede aplicarse la idea de la meritocracia al entorno educativo?
El término “meritocracia” fue una creación del sociólogo británico Michael Young. Criticaba el sistema instaurado por aquellos que poseen privilegios y poder. Las reglas de la meritocracia, que en un principio tenían que recompensar el esfuerzo y el talento individual, no modificaron ni un ápice la repartición de privilegios.
Aquellos nacidos en el seno de familias con una buena educación y unos elevados ingresos conseguían buenos puestos en una meritocracia, al igual que sucedía en un sistema aristocrático con los hijos de padres ricos y con un linaje respetable en la aristocracia. Según Young, la gracia de la meritocracia era su capacidad de mantener un status quo desigual convenciendo tanto a los ganadores como a los perdedores de que merecían lo que les había deparado la vida.
Muchos de los mejores colegios son públicos pero no sirven a la sociedad a la que dan acceso
Sin embargo, hay una importante diferencia entre ambos sistemas. Los aristócratas creían que “la nobleza obliga”, es decir, que uno de los precios que tenían que pagar por sus privilegios era servir a la sociedad. En cambio, los “ganadores” de una meritocracia a veces consideran intocable su posición privilegiada y olvidan su deber para con la sociedad.
¿Cree que la forma como se enseña a los alumnos actualmente (y sobre todo la evaluación por medio de pruebas) refuerzan esta meritocracia en lugar de fomentar una verdadera diversidad?
Si partimos de que el talento está distribuido de manera uniforme entre todos los grupos, estamos negando una oportunidad a mucha gente. Además, impedimos a las empresas y a la industria acceder a todo el talento que hay. También menoscabamos el potencial de una sociedad para encontrar soluciones creativas a los problemas complejos.
Muchos de los mejores colegios son públicos pero no sirven a la sociedad a la que dan acceso. Reparten un recurso público cada vez más escaso como si estuvieran concediendo un premio, según los resultados obtenidos en pruebas elaboradas con unos criterios objetivos sobre el papel, aunque dichos criterios tan objetivos tienen una gran correlación con la riqueza y la raza. A mayores ingresos de los padres, más altas son las puntuaciones en las pruebas.
La idea de excelencia en una institución debería estar ligada a hacer de los alumnos mejores ciudadanos, no en formar parte de una red privilegiada. Hay demasiados colegios que basan su reputación en la competitividad de los alumnos que inician allí su formación más que en los aportes reales de sus graduados. Acaban formando a los hijos de las familias de buen nivel educativo en lugar de abrirle el camino a los que no gozan de estas ventajas.
¿Cuál es el problema de los actuales sistemas de evaluación por pruebas?
Scott Page (catedrático de sistemas complejos, ciencia política y economía de la Universidad de Michigan) reflexiona sobre un caso en el que damos una prueba a tres personas cuando solo podemos elegir a dos para incorporarse a nuestra organización. Les planteamos diez preguntas: uno responde siete correctamente, otro seis y el último, cinco. ¿A quién elegiríamos? En una meritocracia se daría por hecho que las dos con las puntuaciones más altas, pero Page nos alerta de que deberíamos mirar más allá de los resultados para ver qué preguntas respondió correctamente cada uno. Lo mejor sería contratar a los que contestaron bien preguntas diferentes, porque así la organización contaría con conocimientos y habilidades distintas. Las universidades pueden formar mejor en métodos innovativos de resolución de problemas si facilitan a sus profesores y estudiantes acceso a una variedad de herramientas.
La idea de excelencia en una institución debería estar ligada a hacer de los alumnos mejores ciudadanos, no en formar parte de una red privilegiada
Malcolm Gladwell (escritor) compara los procesos de selección del Cuerpo de Marines de EE. UU. y el de las agencias de modelos. Una agencia de modelos busca a gente que destaque, mientras que los Marines admiten a los que cumplen unos requisitos mínimos y luego les ofrecen la posibilidad de progresar. Conviene preguntarse si las instituciones educativas se parecen más al Cuerpo de Marines o a una agencia de modelos.
¿Cómo ha repercutido su infancia en la visión que tiene sobre la educación?
Cuando nos trasladamos a Queens (Nueva York), donde éramos la primera familia negra de la manzana, muchos de nuestros vecinos blancos nos recibieron con una actitud hostil y sus hijos se portaban mal conmigo. Al jugar a maestros y alumnos, a mí y solamente a mí siempre me mandaban deletrear palabras muy complicadas. Cuando fallaba, se ponían a reír. Mi madre me decía que lo mirara desde su perspectiva. Seguramente no les iba tan bien en el colegio como a mí. Y trataban de ponerse a la par a su manera. Aprendí a no verme como una víctima ni como una persona cargada de agravios personales. Aprendí que si sales de tu mundo, puedes desarrollar una perspectiva más compleja que te permite entender mejor las cosas y estar en una posición más ventajosa a la hora de negociar una situación incómoda.
¿Qué pueden hacer los colegios y los educadores para promover la diversidad y aumentar el nivel de todos los estudiantes?
Hay muchos ejemplos. La Universidad Clark de Worcester (Massachusetts, EE. UU.) estaba preocupada ante su bajo índice de captación de estudiantes. Se encuentra en una zona con muchos inmigrantes recién llegados y muy problemáica. La universidad se planteó la posibilidad de trasladarse a otro sitio, pero al final optó por invertir en la comunidad. Creó un colegio innovador, con un 60% de alumnos latinoamericanos, negros, o vietnamitas. Tres cuartas partes tenía el almuerzo gratis o recibía ayudas. Algunos tenían niveles de lectura de cuarto grado en séptimo grado. Ahora, todos los graduados del colegio van a la universidad.
Otro ejemplo es el Plan del 10% de Texas, empezó hace más de diez años para abrir la universidad estatal a una mayor diversidad de estudiantes. Con esta nueva ley, todos los alumnos que terminan la educación secundaria entre el 10% mejor de su instituto tienen derecho automáticamente a acceder a la Universidad de Texas. Hasta entonces, el 75% de los estudiantes procedían del 10% de los institutos. Ahora, los estudiantes llegan desde muchos colegios secundarios diferentes, entre los que figuran algunos de zonas urbanas pobres y de comunidades rurales. Los que ingresan dentro del Plan del 10% de Texas obtienen mejores resultados que los que acceden a la universidad por sus puntuaciones en el SAT (prueba de aptitud académica).
¿Qué papel juegan los profesores?
He trabajado con diferentes tipos de pedagogía, con la vista puesta siempre en intentar crear una comunidad de aprendizaje. Esta filosofía consta de tres partes: experimentación creativa, poder compartido (para que los estudiantes participen en su currículo y su aprendizaje) y una redefinición crítica de los problemas, lo que implica reinterpretar las fuentes de conflicto para convertirlas en oportunidades de aprendizaje
¿La pedagogía del IB cumple este objetivo?
He tenido estudiantes que han participado en programas del IB. En la medida en que el IB anima a sus alumnos ir más allá de lo establecido, la filosofía tiene que ser buena.
En general, ¿nos encaminamos hacia una sociedad más diversa y más justa?
Estoy convencida de que el hecho de que la gente entienda que vivimos en una social global es positivo. La demografía de muchos de los antiguos países imperialistas o colonialistas ha cambiado y, por ello, somos cada vez más los que cuestionamos los principios convencionales de homogeneidad.
Más información sobre Lani Guinier en www.racetalks.org
Ser diferente es bueno
Monique Seefried, presidenta del Consejo de Fundación del IB, explica que la diversidad es parte intrínseca de la organización.
La reflexión sobre la diversidad nos conduce a los motivos del nacimiento del IB: servir a alumnos de diferentes orígenes en colegios internacionales y ayudarles a entenderse y a trabajar a favor de un mundo más pacífico. Y esta filosofía no ha variado lo más mínimo con el crecimiento del IB.
Tal como afirmó Roger Peel, ex director general del IB: “La virtud del IB radica en que pedimos a todos los alumnos que se sumerjan primero en su identidad nacional (su lengua, literatura, historia y tradición cultural). Después les pedimos que se identifiquen con las tradiciones de los demás. No esperamos que adopten puntos de vista ajenos, sino que estén expuestos a ellos y que respondan de un modo inteligente. Esperamos conseguir unos ciudadanos más compasivos, una manifestación positiva de diversidad nacional en un marco internacional de respeto tolerante.
“Idealmente, al final de su paso por el IB, se conocerán mejor que cuando empezaron y, además, reconocerán que la diferencia de los demás tiene su razón de ser”.
En sus inicios, el IB tenía un currículo muy occidentalizado. Con el propósito de fomentar la diversidad, hemos trabajado muy duro para infundir en los programas una visión más internacional y, en los últimos tiempos, tradiciones humanistas de otras culturas (a través de colaboraciones como la del Aga Khan Development Network).
Estas influencias pueden apreciarse en nuestro currículo y también en la formación de los profesores, lo que pone de manifiesto que el IB no ofrece solo un riguroso programa académico, sino también una forma de que los jóvenes se conozcan más y conozcan mejor a los demás. Nuestro mensaje central ha sido siempre el mismo.
Asimismo, fomentamos la diversidad a través de nuestra política de acceso: ofrecemos los programas en varias lenguas y, mediante un programa de ayudas económicas, los abrimos a personas de diferentes niveles socioeconómicos.
Los profesores desempeñan un papel decisivo y, les animo a intercambiar ideas con colegas de otras culturas para crear redes de colaboración. Estas relaciones son importantes, en especial, para los que forman parte de sistemas nacionales y que tal vez no tienen la oportunidad de trabajar en otros países.
La diversidad forma parte de la columna vertebral de toda comunidad. Y el IB es una comunidad formada por colegios, estudiantes, padres y profesores repartidos por todo el mundo. Por ello, la diversidad es un rasgo importante del IB, que debemos celebrar fomentando nuestras similitudes y también nuestras diferencias en virtud de la humanidad que compartimos.
