Los angeles de la guarda
Un colegio de Los Ángeles lidera la educación con raíces nativas y consigue llegar a padres y alumnos de uno de los barrios más problemáticos de la ciudad.

En la zona este de la ciudad californiana de Los Ángeles, las bandas, las drogas y las armas forman parte de la vida coti-diana, pero la determinación de los docentes del proyecto Semillas Community Schools ha conseguido llegar a la comu-nidad mexicana indígena con un enfoque educativo que combina el respeto por las tradiciones culturales con una vocación internacional.
El 2009, el Xinaxcalmecac Academia Semillas del Pueblo, junto con su colegio hermano, el Anahuacalmecac International, se convirtieron en los primeros Colegios del Mundo del IB de régimen público de la ciudad en ofrecer el PEP y el PAI. Ambos colegios se enmarcan en proyectos experimentales auspiciados por la organización comunitaria Semillas Community Schools. El director ejecutivo y cofundador de Semillas, Marcos Aguilar, habla sobre los objetivos de los colegios y del importante papel de los padres y la comunidad para alcanzarlos.
Seguí los pasos de mi mujer, Minnie Ferguson (actual-men-te directora de estudios y programas del IB de Semillas), y me pasé a la docencia, un salto natural después de cursar estudios chicanos (la cultura de los ciudadanos estadouniden-ses de origen mexicano) en la universidad. Para nosotros, era fundamental elaborar un currículo que abordara los proble-mas de la comunidad y permitiera aspirar a una vida saluda-ble y sustentable, un objetivo a las antípodas de la reali-dad que me encontré en los colegios públicos en los que trabajé.
Pasé ocho años en un instituto de 5.000 alumnos del este de Los Ángeles, donde impartí la única asignatura de estu-dios nativos americanos y una de las pocas de estudios chica-nos de todo el distrito. También creé un grupo de danza tradi-cional azteca, que me permitió llegar a las familias más allá del horario escolar. Estas experiencias de educación comunita-ria tienen mucho que ver con el objetivo de Semillas: apostar por una autonomía educativa desde una óptica nativa.
Las primeras subvenciones tardaron cinco años en llegar. Al principio, no teníamos ni instalaciones ni dinero, por lo que convencimos a una organización sin ánimo de lucro para que nos prestara dinero para comprar un edificio, y cuando empezamos, en septiembre de 2002, todavía no estaba a punto, así que tuvimos que dar las primeras clases en un parque. En diciembre se nos agotaron los fondos, por lo que mi esposa y yo tuvimos que hipotecar nuestra modesta casa para poder pagar los sueldos de los docentes ese invierno. Desde entonces, hemos tenido que hacerlo un par de veces. Por nuestra condición de nativos, sabíamos que era importante pedir permiso a la comunidad para abrir el colegio, así que salimos a la calle para saber qué clase de colegio quería la gente y pedimos permiso a los ancianos de las comunidades para enseñar nuestra lengua (el náhuatl). Para matricular a los primeros alumnos tuvimos que ir puerta por puerta. En cuanto a los docentes, tenían que tener también un sentido de comunidad, una vocación que formara parte también de sus propias vivencias.
Según algunos parámetros, es el barrio con mayor asesina-tos y crímenes de Los Ángeles. Sin embargo, también es una comunidad, y nuestro colegio se ha convertido en un centro de aprendizaje que va mucho más allá de los límites del barrio, porque existe una necesidad de educación con valores comunitarios, que enriquezca a los niños nativos y les ayude a comprender la importancia de los padres y los ancianos en sus vidas y también de una historia y una lengua compartidas.
Los padres han sido los pilares de todo este proyecto: nos han ayudado a crear el Xokolatl Café, un proyecto de empre-sa social pensado para recaudar fondos para el colegio impor-tando y vendiendo chocolate y cacao de agricultores tradicio-nales mexicanos. Participan en reuniones mensuales con los docentes y en las excursiones semanales con los alumnos, intervienen en el consejo asesor, ayudan a dirigir el círculo de danza, relatan sus experiencias en clase e incluso cuidan del jardín. En nuestra comunidad, asistir a una reunión de padres una vez al año no basta: los niños necesitan más atención de los adultos. Para nosotros, todos los padres son importantes. Por desgracia, no pocos padres comentan que muchos cole-gios públicos de Los Ángeles tienen las puertas cerradas y dan la espalda a los padres y a la sociedad. Mantener las puer-tas abiertas supone un reto, pero los niños de los colegios son los hijos de otras personas, no míos, por que debemos tener en cuenta el tipo de educación que sus padres quieren para ellos.
No exageramos cuando decimos que inscribir a sus hijos en nuestro colegio signfica para muchos padres ganar tranquilidad y dar un refugio a sus hijos. De este modo, pueden mejorar otros aspectos de su vida y encontrar vías diferentes para relacionarse con sus hijos.
Hace un par de años, un padre que lleva muchos años en la zona me dijo que el colegio ha cambiado el rostro del barrio. Todos nuestros edificios estaban antes abandonados, y ahora están llenos de color y de murales. El proyecto Semillas es cada vez más conocido entre educadores de todo el mundo por su innovadora forma de gestionar colegios comunitarios. Sin embargo, todavía creo que nos faltan diez años para em-pezar a materializar todo nuestro potencial como institu-ción transformadora de la comunidad. Tenemos un excelente programa en un excelente colegio. Nuestra situación econó-mica es muy delicada y nuestras instalaciones son muy limi-tadas. Creo que podremos superar estos problemas buscando soluciones en la comunidad. Hemos partido de los principios del IB y los hemos adaptado a las necesidades de nuestra comunidad. Este centro puede convertirse en el principal referente de la comunidad y también de educadores con una mentalidad internacional y con voluntad de trabajar con padres y alumnos para mejorar la vida de todos.
